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    Cuando los cuerpos recuerdan
    Un análisis en primera persona de la obra de teatro-documental “Les nietes de Carlos Marx”.

    por Ximena* y Emiliano** Pereyra.

    PH:Fabiana Sylvester.

     

    Crecimos entre el sonido del redoblante agitando el aire detenido de las columnas, entre estandartes rojizos y panfletos urgentes. La marcha del 24 era el símbolo de una tradición activista de la que formamos parte desde niñes. La memoria siempre fue un bastión de lucha, una consigna política, una necesidad de vida. Cuando se nos ofreció escribir sobre Les nietes de Carlos Marx en este número en el que se conmemoran 45 años del golpe de Estado cívico-clérigo-militar, no lo dudamos. Dedicamos mucho tiempo de la vida a observar imágenes familiares de las que sólo se sabía que: México. Hubo varios intentos por saber un poco más, pero una y otra vez nos chocábamos con un cráter en esa parte de la historia. Les Nietes de Carlos Marx comienza ahí, en esos cráteres, en esa imposibilidad de ir hacia las fuentes, más allá de nuestra memoria e imaginación. Nuestra brújula fue la genealogía familiar atiborrada por las experiencias de por lo menos cuatro generaciones de militancia y arte. Y en la punta de esa aguja magnética, nuestro bisabuelo Antonio Lucchese; un inmigrante italiano del que solo sabemos que a su hijo, nuestro abuelo, le puso Carlos Marx.

    El historiador español Josep Fontana decía que la historia y la memoria son cosas diferentes. Si bien ambas se relacionan con el pasado, lo hacen de manera distinta. Planteaba que nuestra memoria personal no es un depósito de representaciones –un archivo de imágenes fotográficas de los hechos del pasado que guardamos en la mente–, sino un complejo sistema de relaciones que tiene un papel esencial en la formación de la conciencia. Una de sus funciones más importantes es justamente la de producir “una forma de recategorización durante la experiencia en curso, más que una reproducción de una secuencia de acontecimientos”. La conciencia se vale de la memoria para evaluar las situaciones nuevas a las que debe hacer frente mediante la construcción de un presente recordado, que no es la evocación de un momento del pasado, sino la capacidad de poner en juego un conjunto de experiencias previas que diseñen un escenario al que podemos incorporar los nuevos elementos que se nos presentan (Fontana, 2003). Cuando recordamos, a modo de un tetris, reconfiguramos nuestras piezas mentales para que las nuevas puedan encajar.

    Nuestres viejes, Marta y Ricardo, se exiliaron en México en 1979. Emiliano nació en el Hospital Tehuantepec una tarde de 1981. Vivieron los tres en un apartamento del DF con vista al Popocatépetl. Apenas restituida la democracia en Argentina, dejaron México para nunca más regresar. Diez meses después, en 1984, en un barrio obrero y emergente con nombre peronista, nació Ximena, con equis como México. Ese país fue un secreto que inscribieron en nuestros nombres, un secreto del que mamá no hablaba y del que papá nunca quiso volver.

    El hundimiento de la URSS en 1991 no fue solo el fin de un régimen político, sino también, para millones de personas en todo el mundo, el fin de un sueño colectivo. De la noche a la mañana miles quedaron huérfanos. Fueron años duros. Irrumpió el neoliberalismo más rapaz que no dejó ladrillo sobre ladrillo. En Argentina conocimos bien esta faceta del triunfo de la "libertad": el país se vendió, se privatizaron grandes fábricas, se regalaron los ferrocarriles. La pueblada nacional del 2001 lo cambió todo. Todo.

    En la familia de Carlos Marx la maratón funeraria empezó en el 2001 y no paró hasta un día desconocido del 2014. Mamá, papá, abueles, tío, todes murieron. Desde entonces, los recuerdos se imprimen en nuestros cuerpos como una narrativa que nos interpela y debemos descifrar.

    En la serie documental “The Mind, explained” se explica el funcionamiento de la mente y cómo podemos crear recuerdos reales completamente inverosímiles. Entonces… ¿Qué es la memoria? Pierre Norá, historiador francés, célebre por elaborar el concepto de lugares de la memoria planteaba que memoria e historia se contraponen: la memoria es totalizadora, no distingue entre lo mítico y la experiencia, y es atemporal, mientras que la historia es parcial, fragmentada, racional y temporal. Paul Ricoeur por el contrario, planteaba que historia y memoria se complementan: mientras la primera tiene la función de veracidad, la memoria tendría la función de vitalidad. Es decir, la de cargar con experiencias, olores, canciones e imágenes aquellos relatos que la historia pronuncia de un modo genérico.

    Un pizarrón borroneado con fechas, nombres y revoluciones. Vidas atravesadas por ideologías que hoy parecen objetos de museos. Les nietes... da forma y también deforma las preguntas del pasado, activa la historia abriendo cajones polvorientos, borrando la niebla de las incongruencias y dándole besitos a los agujeros. No solo nos preguntamos quiénes somos, sino cómo llegamos hasta acá. Se entremezcla el pasado de una familia con el pasado de la historia de un país. Atravesamos con el cuerpo y con la palabra el deseo de narrar y de reconstruir una historia, que podría ser la de cualquier familia signada por el activismo y las ansias de cambiar el mundo.

    Enzo Traverso, historiador italiano, plantea que desde fines del siglo XX vivimos un boom memorialístico: cada vez se recuerda menos. Si la necesidad de recordar es tan fuerte se debe a que vivimos en un presente total. A su vez, el futuro cada vez se nos presenta menos prometedor: pandemia, crisis ecológica, nuevas sociedades de control, incertidumbre, explotación. Frente a esta realidad y al más que dudoso porvenir, el pasado se presenta como una fuente de experiencias, de proyectos truncos e inspiraciones. Hoy la URSS no es un faro que alumbra el porvenir sino un viejo álbum de fotos que guardamos con cariño y con cierta nostalgia (Traverso, 2019).

    En Les nietes devenimos archivo corporal para sumergirnos en lo mínimo y cotidiano como modo de interpelar a la memoria y para tomar postura frente a la muerte como lugar en el que aún se puede recuperar un gesto afectivo. Sacudimos la piel de esos recuerdos, los bailamos, los reímos, los gritamos. Y a la larga, el cuerpo habla, exorciza y sana.

     

     *   Artista visual

    **  Profesor de historia