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    Danza - Instituciones: Movimientos, repeticiones…
    Dialogamos y compartimos vivencias como bailarinas y trabajadoras en nuestra ciudad, de ese diálogo surgió un texto de Paula, en primera persona, y algunas preguntas que salieron de los que fuimos pensando juntas.

    Escriben Paula Valdés Cozzi y Natalia Pérez.

     

     

    Agotada, exhausta y temerosa. Pero no vencida… en un momento dado el objetivo está clarísimo: la opción es conseguir horas en el estado.

    Recursos humanos, de espacio tiempo y de insumos a disposición, un mismo sueldo mes a mes, obra social, derecho a licencias y a vacaciones.

    La posibilidad de compartir lo propio a sectores vulnerados, a sectores adormecidos, ofrecerlo, transformar. 

    Así, parte del gremio de estudiantes, bailarines, coreógrafes e investigadores del movimiento, la danza, la cuerpa, lo corpóreo aspiramos, y, con una combinación de (tomar nota):

    - Lucha.

    - Visión.

    - Suerte. 

    - Perseverancia.

    - Gestión: profesional y política, 

    encontramos estabilidad laboral y emocional en el colectivo de la docencia oficial pública. Quien más, quien menos...

    Sí. Muchos sí. Somos, tomamos la profesión de la docencia en danza por vocación, convicción, por continuidad de tradiciones de maestro-discípulo, por amor…

    Y también: no. No todes queríamos o queremos ser docentes, y menos aún, en el marco de las estructuras de los sistemas de educación heredades y conservades con uñas y dientes de y desde la Modernidad.

     

      ¿No habría una paradoja en enseñar movimiento en lugares donde la cosa está establecida, fundada?

    Desde la más tierna infancia de mi camino en la danza se señalaba el lugar del maestre como un único y fiable destino laboral en la Danza, más aún si ya se percibía que no seríamos parte de ese grupo de jóvenes que formarían ese todavía más acotado espacio laboral de las compañías, agrupaciones y “ballets” estables.

    Claro que este paradigma se enmarca en contextos de formación académica, canónica, arquetípica. 

    De la que fui parte como queriendo darle entidad material, ante los otres y a mí misma, a la danza como decisión de vida. 

    Soy consciente. El materialismo histórico como fundamento de deseo, motor ideológico para la transformación de una época de la familia que me trajo al mundo y finalmente, el capitalismo puro y duro, concreto, donde nací, constituyeron quien soy y propiciaron una tendencia a objetivar, clasificar, buscarle la utilidad, la razón de ser a lo inasible del arte, para justificar mi existencia, para lograr mi subsistencia (económica), para darme un lugar en el mundo, en mi mundo, pequeño mundo.

    A eso le tenemos que agregar, en una adición engorrosa y vergonzosa, aunque al fin reconocidas socialmente, las patologías de esta época, las de antes del Covid, ¿te acordás? La ansiedad, la bipolaridad, los ataques de pánico, ahí va… 

    (Nota al pie: no se escucha mucho sobre estos ataques actualmente, al menos en el círculo que me manejo. 

    ¿Todos con clonazepan, con alplax, porro, o esto de no salir de casa ayuda? Tal vez esto de poder estar con cámara y mic apagados también...).

     

                                                   ¿Las instituciones normalizan al arte, a la danza, a les danzantes? 

    Tengo dos trabajos. Entre ambos construyo mi sueldo y mi reputación. Fallo. Mi sueldo es magro. Mi reputación dudosa. No soy capaz de abarcar con profundidad quince clases semanales (25 hs reloj frente a curso, unas cuantas horas más de planificar, cranear) para grupos etarios y formativos tan diversos. 

    Quince clases que no son estrictamente de una técnica o danza en particular, son de muchas otras cosas que le dan volumen, la constituyen. La incomodidad de la pregunta, esto de haberme apartado de lo canónico y abordar la formación en danza contemporánea y otras reflexiones somáticas, no me la facilitó mucho.

    Construyo entonces el mecanismo de la improvisación y la estimulación y la escucha.

    Me doy tal cual estoy en el aquí y ahora. 

    Cada vez, llevo al picnic todo lo que tengo. La cesta entera sobre la mesa. No me guardo nada, soy con cuerpo y alma esa totalidad de ayer y hoy dándose a otres distintos, año a año.

    No sé planificar, no sé dosificar la energía. Cada clase, la última danza.

     

       ¿Hay tantas maneras de concebir la danza y vincular el ser bailarine y docente como personas que nos dedicamos a bailar? 

    Cuando salgo del aula, ahora de estas aulas virtuales, la excitación es tal, que siento haber culminado una función frente a un público demasiado perturbador.

    Pero no recibo aplausos ni abucheos, para el otre es solo una clase, obvio.

    ¿Ego? Obvio. Y también devastación ¡Vacaciones ya!

    Y entonces el backstage, la parte que no se ve, y que nada tiene que ver con un detrás de escena post función. Fíjate, toma nota:

    - Listas.

    - Planificaciones. 

    - Entregas.

    - Fechas.

    - Equipos de trabajo.

    - Evaluaciones.

    - Reuniones plenarias.

    - Muestras de fin de año.

    - Ministerios.

    - Gobiernos.

    - Egos. 

    - Negociaciones. Alianzas. Fisuras.

    No intentes cambiar el sistema, dentro del aula es tu campo de juego. 

     

    ¿Los gestos y movimientos que demanda el trabajo institucional son coreografías que pueden transformarse? ¿Son movimientos vaciados de sentido?

    Si no te gusta, podes renunciar, nadie te obliga.

    No, no me animo.

    No, no me resigno.

    ¿Es esta sólo mi historia?

     

     

    Ph: Fabiana Sylvester.