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    Un mundo que se encuentra bailando.
    Crónicas de Obras.
    Una metáfora de la creación que habita en la observación sensible del mundo, para luego transformarse en memoria del cuerpo.

    Por Cecilia Colombero.

    Acerca de "Pieles, relatos de un territorio".

     

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    En la actualidad de un mundo que propone evitar el contacto físico entre personas para reducir contagios de un virus, me invitan a ser espectadora de una obra de danza en formato virtual llamada “Pieles, relatos de un territorio”, no puedo evitar sentir la paradoja frente a este título que me remite a tocar con las manos, al volumen del cuerpo, sus diferentes texturas, sus formas de agrietarse y a las cicatrices que pueden dibujar una cartografía de lo vivido. La piel, es el territorio que tenemos a través del tiempo, y donde justamente el tiempo se manifiesta poniendo en contacto nuestra individualidad  con la geografía de la que somos parte. Pero en esta ocasión la propuesta era sentarme a ver una pantalla.

    El mensaje enviado de la producción de “Pieles” (junto con el link de YouTube para verla en el día y horario previamente concertado) apelaba a que como espectador une pueda propiciarse cierta apertura sensible desde la comodidad de su hogar: se recomendaba un buen sistema de sonido, una iluminación que propicie un contexto cálido y confortable y una copa de vino (mesurada propuesta para viernes a la noche pensé, acertada para un fin de mayo de aislamiento y restricciones pensé también). Algo de “lo acostumbrado” en el hecho de ser público habitué de producciones locales de danza se ponía en juego en mi predisposición, atravesada también por el hecho de un segundo año de pandemia y restricciones severas para la cultura, cierto grado de hartazgo puesto en lo virtual (provocado principalmente porque en lo personal la mayoría de mis actividades laborales y de aprendizaje  ligadas a la danza se reducen a trabajos por video llamadas, drives y chats a toda hora) pero con la curiosidad que me provocan quienes siguieron creando y produciendo “durante” y “a pesar de” estos tiempos: ¿Qué impulsa a un grupo de artistas a producir signos poéticos, universos sensibles,  relatos en diferentes capas de lenguajes en medio de una realidad agobiada de datos, de cuerpos mediatizados, sin la extrañeza  aleatoria de la calle desde donde además se construyen los relatos colectivos? La primera respuesta que se me ocurre, es que el impulso en esta obra es el de “un mundo posible”, desde la metáfora de la creación que habita en la observación sensible del mundo, para luego transformarse en memoria del cuerpo.

    Luego apareció la pregunta sobre el vínculo de las artes escénicas con lo audiovisual  ¿Cómo se despliega ese universo sensible de la presencia (y me refiero a la forma más coloquial de “ir al teatro”) en este “nuevo contexto” de producción audiovisual que propone resignificar el convivio teatral haciendo de esa misma presencia un compromiso y un hecho cuya materialidad es virtual?  Preparé la computadora en un sitio cómodo, lamenté no haber previsto el vino como propone el mensaje que recibo por whastapp (sigo sin manejar el tema de los nuevos horarios de proveedurías y kioscos), ajusté la iluminación de mi casa/sala en relación al brillo de la pantalla y reconozco que sentí un poco de nostalgia. Al parecer soy la clase de persona que todavía se resiste a “soltar formas”, esas que incluso algunes catalogan de “antiguas”. Vi la obra un viernes a la noche, en otro tiempo de la historia éste hubiera sido un momento ideal para ir al teatro.

    “Pieles” nace y se desarrolla  (según leo en los créditos al final de la obra) en la localidad de Lucio V López ubicada a unos 44 km de Rosario, en la provincia de Santa Fe. Quiero detenerme en un dato curioso que obtuve investigando sobre este pueblo habitado por alrededor de 700 personas, y es que el mismo Lucio V López, ha sido un periodista, escritor y político, quien escribió una novela titulada “La gran aldea” donde hacía una crítica sobre la modernización de la ciudad de Buenos Aires durante el Siglo XIX, y el desempeño ocioso y corrupto de las elites argentinas, en relación sobretodo a la distribución y uso del territorio. Además, el mismo López, en su cargo político y como periodista ha protagonizado un conflicto judicial con un terrateniente de aquel entonces que había obtenido sus tierras de forma fraudulenta y con quien después de una intensa serie de acusaciones, misivas e intervenciones judiciales termina batiéndose a duelo (literal, un hombre frente a otro portando armas en defensa de su honor) hecho que desembocó en la muerte de López. Disculpen si me pongo esotérica en este punto, pero no puedo evitar sentir la correspondencia de los hechos en varios aspectos: la crítica al progresismo individualista, al avance sobre los territorios que históricamente hacen los poderosos, desconociendo todo tipo de reglamentación y normas de convivencia y a la destrucción de los paisajes por la ambición. Pieles también se construye como una crítica en este sentido, también lo hace desde una producción artística en revalorización de los recursos naturales y el territorio.  Personalmente no conozco la localidad Lucio V López, pero sí a algunas personas que andan por ahí, y tengo la sensación de que este poblado comienza a posicionarse como una alternativa frente a la violencia de Rosario (y no hablo de lo que habitualmente suele titularse como “inseguridad” en los medios masivos de comunicación, si no en el sentido amplio en el que a mi sentir, pueden ser violentos los grandes conglomerados de personas). Las capas de sentido, los distintos niveles en los que se construye el relato en Pieles, provienen de artistas cuya producción es parte de la cultura rosarina, y aquel pueblo al parecer es un refugio para estos.

    “Pieles” se construye en materialidades yuxtapuestas, con la profundidad que aportan los múltiples puntos de vista, en este caso los distintos planos que realizan las cámaras, con la posibilidad de meternos dentro de la construcción escénica, burlando lo plano de la pantalla. Hay  una superposición de capas de relato, provenientes de distintas construcciones discursivas, que emergen de manera alternada. Fragmentos o escenas que construyen el significante del territorio como condición constitutiva de la subjetividad, ofrecidas como parpadeos, una construcción estilística de lo onírico, un cúmulo de partes en apariencia distintas, pero que conforman una idea. Hay un cuerpo que baila en un presente, es el territorio de la danza y de la identidad, sobre sí se proyectan las huellas de un lugar vivo y por momentos la materialidad de la piel se hace traslúcida dejando que una imagen viva y se mueva dentro y a partir  de otra. Ésta es la forma discursiva de “Pieles” y también  una metáfora de la danza, una cosmogonía animal que viaja a través del tiempo y construye territorios.  Una mujer bailando sola sobre un escenario frente a butacas vacías que remite a la sensibilidad más conocida de lo escénico, un cuerpo que se mueve en este espacio concreto pero que pareciera no solo limitarse a él. Las imágenes que se proyectan en la escena, y las que aparecen por medio del trabajo de edición se mueven también a partir de ese cuerpo, remiten a su vez a otros espacios y a otros tiempos, como si una misma esencia, o una misma materialidad viajara a través de la historia.  A veces, como espectadores, logramos estar incluso “detrás” de la bailarina, “adentro” de la escena, y quizás este comentario suene a poco en el Siglo XXI donde la danza ha sabido invertir todos los cánones posibles y jerarquías sobre construcciones escénicas, pero quiero insistir en esta posibilidad en un contexto donde la imagen plana ha vuelto con fuerza. La misma bailarina introduce este signo desde las primeras escenas jugando a acariciar a los cuerpos que se proyectan en la pared frente a la que se mueve, tomando cosas intangibles con sus propias manos y arrojándolas sobre el escenario como si fuesen reales, proponiendo el ejercicio autosustentable de la imaginación, una danza fértil, de creación constante que produce en lo efímero, que no genera desperdicios, que puede reutilizarse. Nos  encandilamos con la luz del proyector cuando estamos adentro, bailamos sobre las curvas de esta mujer en todo su volumen y confundimos lo que se mueve a lo lejos como algo cercano en la mediación real del cuerpo, en la superposición materializada de cuerpo e imagen que la bailarina nos ofrece. Lo vivo de los paisajes emerge sobre la superficie de la piel, como un mapa de distintos caminos, dentro del cual la sangre circula, vibra y se retuerce. Este cruce de sensaciones, esta reminiscencia que hacen los signos de algo más abarcativo, justifica lo tradicional, lo autóctono, lo propio de cada tierra como algo inevitable. La sonoridad de la obra remite a nuestro folclore, se construye desde ahí, sin nostalgia del pasado como algo absoluto, sino como construcción de una identidad que siempre está viva y se modifica, esa de la que  muchas veces renegamos como sociedad o que quizás hemos aprendido como la sonoridad de lo lejano en tiempo y espacio. Lo sonoro viene a tirar el salvavidas de la temporalidad y de repente, la habitación con luces apagadas en la que me encuentro es invadida por los animales de la noche profunda del campo. Lo sonoro aglutina las diferentes temporalidades de la obra y por su propia esencia trasciende lo lejano de la imagen virtual y termina de introducirnos como espectadores. Nos envuelve, termina de construir la metáfora sensorial que en otros tiempos conseguíamos con la experiencia del cuerpo presente, da profundidad, y resiginifica incluso la doble espacialidad teatro vacío/ imagen proyectada hacia adentro de la construcción escénica.

    Una mujer baila danzas reconocibles dentro del canon tradicional de nuestra cultura, esas  que seguramente todes alguna vez (por lo menos alguna vez en nuestra etapa escolar) hemos visto bailar en parejas conformadas por una mujer y un hombre, emulando una situación de cortejo. Pero aquí la mujer baila con su tierra y con su historia, con todas las que fue y las que están siendo en este presente, con su potencia creadora, en un diálogo sensual, sensible, de retroalimentación. Los brazos alzados de las chacareras parecen querer abrazarlo todo, recibirlo, el juego del pañuelo evoca y llama a algo más que a un solo cuerpo, las figuras de los bailes son excusas más que formas fijas.

    A lo largo de la obra además, y como parte del relato, aparecen escenas de una película de mediados del Siglo XX llamada “Farrebique” del director francés Georges Rouquier, basada en el registro de una familia que vive en el campo durante el desarrollo de las cuatro estaciones del año. En las distintas escenas se puede ver a la familia desempeñando las tareas correspondientes al mantenimiento del hogar, el cuidado de los animales y la tierra y la alimentación de la familia. La película muestra a esta familia desarrollando sus actividades según el “ritmo” que propone cada estación, es decir, una capa más dentro de esta construcción poética que hace “Pieles” sobre la relación bailada y constante que los cuerpos tienen con su territorio. También aparece en esta película la crítica al avance de la modernización y el uso de la electricidad como factores que anulan el devenir de lo natural, que lo modifican sin estar en sintonía con los tiempos propios de la geografía. Todo vuelve a girar sobre el personaje de Lucio V López, sobre esta mujer que baila en la temporalidad de todo lo que la rodea y la conforma, sobre la superposición de fragmentos en apariencia distintos pero que a su vez son parte de una misma cosmovisión, sobre les artistas refugiades en la calma del poblado para crear.

    Como el link de la obra está disponible por algunas horas, decido verla de nuevo, pero esta vez con papel y birome en mano. Sobre la placa negra de inicio aparece la frase “Relatos de un territorio” con mucho más peso que la primera vez, ahora es mi cuerpo el que tiene memoria y escribo como una revelación “territorio=cuerpo”. El movimiento es la manifestación tangible y poética del territorio como lo es la danza del cuerpo. El mundo en el que vivimos se encuentra bailando hace ya largo rato, en lo múltiple y en lo diverso y es justamente ésa la propuesta de obra: ser manos que toman las semillas de lo poético en la naturaleza y arrojarlas sobre el territorio fértil de un escenario para que crezca la obra.

    Luego de verla por segunda vez, releo mis notas y entre lo indescifrable de mi caligrafía de apuntes y la intención de poner palabras a lo sensible, reconozco el puente de la obra con el presente desolador que propone el sistema capitalista sobretodo en relación con el ambiente y las formas de consumo que rechazan lo cíclico y evolutivo de nuestro territorio. Sin embargo, esta obra viene a regalarnos la sustentabilidad del arte como posibilidad de la existencia, en algo así como alguna vez le oí decir a la poeta y actriz Camila Sosa Villada: una justicia poética, como una de las pocas posibilidades de contrarrestar lo intempestivo y avasallante de la temporalidad que se nos impone.

    En el silencio del fin de la transmisión cierro la computadora y reaparece mi casa. Además de los horarios para comprar vino aún no me he acostumbrado a la sensación del vacío que en general experimento con la virtualidad de la presencia. Vuelvo a abrir la computadora para aprovechar lo vibrante y reciente de las sensaciones, empiezo a escribir este texto.

     

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    PIELES relatos de un territorio

    “Desmontan tu cuerpo y el de la tierra. Te amoldan y arrasan. ¿cuántos pelos arrancados de raíz? ¿Cuantos brotes naciendo del cemento? La resistencia más antigua, la imparable vida. ¿Quién decide? ¿Quién siembra?”

    Ficha técnica:

    Idea original y textos: Natalia Benedetto.
    Dirección: Severo Callaci.
    Bailarina: Natalia Benedetto.
    Música original: Martin Reinoso.
    Investigación visual con video y Fotografía: Matias Sarlo.
    Dirección de fotografía y cámara: Marcos Garfagnoli                       
    Producción: Evange Jakas
    Vestuario: Florencia Marting
    Gaffer: Ignacio Callusso 
    Cámara: Juan Macielo   
    Primer asistente de cámara: Gonzalo Serra
    Edición y posproducción de color: Marcos Garfagnoli
    Grabación sonora: Martín Reinoso 

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